Como cristiana, mi identidad debe estar basada en Cristo; eso es cierto, no solo para saber quién soy, sino también para entender por qué estoy aquí en la tierra.

Crecí en una familia cristiana, donde me enseñaron que Dios envió a su hijo Jesucristo para morir por mis pecados y que tengo la responsabilidad de compartir ese increíble regalo con todos los demás. Entendí desde pequeña que tanto mis palabras como mis acciones deben reflejar a Jesús en mi entorno, pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. A pesar de mi compromiso consciente con la evangelización, poco a poco me fui envolviendo en las rutinas diarias, lo afanes de la vida y las preocupaciones vanas que la sociedad nos impone.

Ahora, al evaluar mi vida, me doy cuenta de que han pasado años enteros en los que mi enfoque no era vivir mi vida para el servicio del Señor en TODO lo que hago. Mi enfoque principal era graduarme de la universidad, viajar, conseguir trabajo, pagar las deudas, comprar un carro, o hacer una maestría. Eso sí, siempre pidiéndole ayuda a Dios para que todo me salga bien, orando por los enfermos y buscando la manera de ayudar a los más necesitados. Sin embargo, ese cristianismo egoísta, mediocre y perezoso no es lo que Dios espera de mí. Si bien es cierto que puedo decir que nunca he tenido ni la más mínima intención de dejar de ser cristiana, tampoco he vivido con la pasión que Jesús espera de mí, que espera de su iglesia.

La cruda verdad es que no vinimos aquí para crecer, estudiar, trabajar y morir. Vivimos en un mundo egoísta que solo se preocupa por complacer sus propias necesidades y fácilmente nos dejamos seducir por las comodidades de la vida, en un coqueteo tan sutil que no lo reconoces hasta que ya estás metido de cabeza. Por supuesto que no es un pecado querer estudiar, tener un buen trabajo, ahorrar para comprar un carro o viajar, pero si pensamos que de eso se trata la vida, no hemos entendido para que estamos aquí. Estas cosas deben ser solo una herramienta en la campaña eterna de ganar almas para Cristo. Tenemos que entender que el diablo no descansa, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Es cuestión de vida o muerte eterna para millones de personas y eso nos tiene que doler. Jesús nos dejó una tarea: ir y hacer discípulos. No nos dijo, “id y comprad una casa” o “id y sed felices.” Ni siquiera ser felices es una tarea prioritaria para el cristiano.

Esto puede sonar muy clisé o “aleluya”, pero si nos ponemos a mirar a la iglesia del siglo I podemos ver que eran personas dispuestas a morir– literalmente– por la oportunidad de que una persona más escuchara el mensaje de salvación. Tenemos que cambiar la forma en que asumimos nuestro tiempo aquí en la tierra. Somos como agentes encubiertos, que debemos usar la cotidianidad como una herramienta para llevar el amor de Dios a los que nos rodean.

Eclesiastés 1:3-4 dice: “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.” Si ya Salomón me dice que el trabajo es vanidad, entonces la clave está en las generaciones que van y vienen. ¿Tienen ellos la oportunidad de conocer a Cristo antes de irse de la tierra?

Cuando me siento a evaluar cómo estoy usando mi vida para reflejar a Jesús, me avergüenzo al darme cuenta de que compartir el evangelio hace parte de una lista de chequeo de “cosas por hacer” en vez de ser el eje central sobre el cual planeo mi vida y mi día a día. La casa, el carro y la beca deben ser solamente excusas para acercarme a las ovejas perdidas.

“Antes tenían todo en común y oraban en la noche.
Hoy compiten por saber quién tiene mejor casa y mejor coche.
Antes morían abrazados en la arena del circo romano,
hoy discuten si al orar hay que alzar o no las manos.

Unos creen en profecías y otros no,
unos predican la fe y otros el amor,
unos hablan lenguas y otros presumen de virtud
y el mundo muere, muere, muere, sin ver la luz.”
Marcos Vidal

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